La Pícara Medusita.
Balú,
qué difícil es ser persona y no morir en el intento. En realidad es imposible,
al menos que yo sepa. Sí, ya sé que acabo de perogrullear gilipollando pero, si
lo miras bien, no he hecho otra cosa que discursear solemnizando la evidencia:
todos vamos a morir, al menos, hasta hoy.
Con
ese "al menos hasta hoy", la duda de una esperanza está sembrada. Sólo eso falta
para atraer la atención del respetable. Dudar por un instante de la inevitable mortalidad
sembrando una posibilidad remota en el terreno abonado para el deseo de no
morir. Por ahí germinaron dioses y palingenesias varias, o el culto a una diosa
ciencia que prolongase nuestra vida sine díe, algún día.
El
esquema, que está más que repetido, sea en su versión espiritual para postmortem
o antemorten, o en la científica, sirve, cual ungüento amarillo, como paliativo
para cualquier desazón del mortal, al respecto. He aquí pues, el tinglado de la
antigua farsa ([…] la
que alivió en posadas aldeanas el cansancio de los trajinantes[…]), Balú, la que alivió el azaroso discurrir de
los mortales en su búsqueda de la vida, eterna o simplemente vida.
Uno
de esos culebrones del verano informativo nos ha traído junto con Gibraltar
Español (por enésima vez) una “inmortal medusa” descubierta por un científico
japonés que busca en el animalito el elixir de la eterna juventud. Al menos eso
he querido entender al escuchar la noticia, porque lo nuestro, lo de este mundo,
para arreglarlo, necesitaríamos más de una vida, o en su defecto, una mucho más
larga.
Claro,
que el problema no está en no morir tanto como en cómo vivir; aunque solo sea
para continuar haciéndose las anteriores fabulaciones u otras por el estilo,
sin desear estar muerto, o planteárselo a menudo. No obstante, por vivir, una
parte importante de la población mundial paga el precio de no pensar. Primum
vivere deinde philosophare. La Pícara Medusita, Balú, la que ha descubierto ese
científico japonés, siempreviva en su
paraíso terrenal y eternal, ignara de su perpetuidad, o eso presumo, sin hacerse
preguntas que cabreen a Dios, vive así, confortablemente acomodada en su edén
sin muerte, ajena a su propia felicidad y a la futilidad de los otros seres,
los externalizados; los de morire habemus que, tras ser expulsados de la
inmortalidad y el confort por desobedientes y curiosos, siguen empeñados en
vivir a costa de lo que sea.
Dejando
a una parte, cielos, la ciencia (también la del bien y del mal), Francisco Papa
ha decidido permitirnos el laicismo y no juzgarnos si somos promiscuos, gays o
lesbianas; debe de esperar, en justa correspondencia, que no lo juzguemos a él
y a sus pecaminosos acólitos por sus presuntos crímenes de lesa humanidad, sexuales
o económicos. La monarquía, también la Vaticana, no está pasando por sus
mejores momentos y es comprensible que, este redivivo Mínimo y Dulce Francisco
de Asís, aunque nos quiera laicos y tenga que echar el resto, su discurso latente sea el habitual:
¡Más
fe y resignación hace falta, que, al fin y al cabo, esto es un valle de
lágrimas y hemos nacido para sufrir; los malvados son un instrumento de Dios,
enviado por inescrutable sendero, para expiar nuestras culpas y alcanzar la
vida eterna!
He
aquí, pues, Balú, el tinglado de la antigua farsa… alivio y aviso a caminantes,
no sea que pierdan el sueño reparador donde se sueñen soñados por un supremo taumaturgo
que los meza en la sinrazón de sus ronquidos.
Ahora
que Francisco Papa, también nos quiere laicos, y esto sí que es un decir, que
luego la Congregación para la Doctrina de la Fe está saturada de trabajo (y si
no, que le pregunten a Benedicto Emérito y a los heréticos de la Teología de la
Liberación), ahora pues, digo, podríamos reflexionar sobre los pros y los
contras de vivir eternamente el sueño de los justos, tan ricamente, renovando
nuestro contrato vital cual la Pícara Medusita, ad aeternum. De hecho, Balú,
cuentan que hubo un lugar, El Paraíso, fuera del cual ya no fue posible otra cosa
que morir.
Claro,
que el problema no está en no morir tanto como en cómo vivir. Vivir como
persona, Balú, y morir en el intento de explicarse, consciente de si misma, de
su pálpito, de su ser y estar. Persona, como los expulsados del paraíso por
querer conocer la ciencia del bien y del mal, querer ser sus propios dioses y
dueños de su propio destino: los parias de la tierra. Aquellos que denunciaron
el contrato con Moloch, con Yahvé, con el Becerro de Oro conscientes de que lo
único que no muere es aquello que no ha vivido. Conscientes de que lo único que
son es aquello que pueden percibir y sentir con sus propios sentidos e
inteligencia, por ellos mismos, libres con sus sueños y utopías.
Ser
persona y no morir está claro que es imposible, Balú, pero… Y eso de la Pícara
Medusita, ¿qué te parece?
En Movera 18/08/2013

