domingo, 23 de junio de 2013

Error policial

           

         
             Es curioso, Balú, que alguien tenga que morir para cuestionarnos la bondad de las gentes y sus conductas. Uno de los males menores de una sociedad, dicen, son sus institutos armados (para mi lo de menores sobra, pero temo que mi postura no sea mayoritaria) y así, acepto, no podría ser de otra forma, la existencia de esos organismos para la defensa de la ley y el orden. La noticia objeto de mi comentario es la siguiente:
            Un perro de catorce años fue abatido a tiros por un policía municipal. El animal, al decir de los informes policiales, iba en estado de embriaguez, ladrando como un descosido a diestro y siniestro, aterrando a los viandantes, y siendo un más que evidente peligro para si mismo y para los demás. Su compañero, un humano de unos setenta años, que lo animaba en su deplorable conducta, habría sido, con toda seguridad, el provisor del agente espirituoso que provocase tal estado de enajenación en el can, dada su manera de balbucear al ser imprecado por la autoridad competente personada en el lugar de autos.
            Escuso decirte, Balú, que pongo en cuarentena cualquier valoración de los hechos en tanto no tenga una idea más clara de lo sucedido. Lo que me sobrecoge no son los hechos narrados en si, ni el grado de veracidad de la narración, pues todo lo que salta a los medios de incomunicación obedece a los inextricables entresijos, a los tortuosos caminos de la Providencia para hacernos llegar sus revelaciones, en suma, La Revelación. Me sobrecoge, sobre todo, la futilidad del ser.
            Esa mañana, al salir de casa, los dos compañeros de parranda, como tú y yo tántas veces, no podían imaginar que su singladura terminase trágicamente. Paseaban por los parques ora, orinando las plantas y esquinas, ora ladrando y vociferando alguna consigna inocentemente subversiva, en su ebria inconsciencia. A quién se le ocurre ir de escraches con la que está cayendo o simplemente aparentarlo. Pero algunos somos así, nos encanta la parranda bullanguera y descarada del orate que habla sin medir las consecuencias. Qué miedito.
            No tengo remedio, Balú, ya estoy fabulando, exorcizando, otra vez,  mis miedos: el terror que me dan las pistolas y los exorcistas profesionales con que nos amenaza Rouco; exorcistas, pistoleros, vecinos bienpensantes arboricidas que me miran de reojo mientras mutilan el ailanto casi tetralustro que alegra mi jardín y que no pienso sea un peligro para nadie.
            Exorcizo mi miedo a la falta comunicación y entendimiento entre las gentes. A no saber contar, aunque sea con metáforas, la gaya manera de vivir con nuestros seres queridos, nuestros animales domésticos, nuestras plantas.

Manuel Marteles