miércoles, 25 de junio de 2014

Tú y yo, Balú.

El Lobo

          Mi primer perro, Balú, fue el Lobo; en Cantarranas, en casa de mis abuelos maternos. Sí, Cantarranas. Pensil donde refugiar y plantar los buenos recuerdos de la niñez. Esos recuerdos necesarios para sentir que, a pesar de todo, aprendiste a  tener tus retazos de felicidad día a día, momento a momento. El Lobo cantaba jotas con cualquiera de mis tíos y tías, a dúo, aullando como un descosido, desgañitándose. Era de trato cordial y perruno. Venía alegre a recibir mis caricias meneando el rabo, cogiendo delicadamente el bocado de pan que le daba o saltando a mí alrededor sin apabullarme con su tamaño, desmesurado en comparación al mío. Es el primer perro en mi memoria que atendió a mis llamadas y regalos. Recuerdo como corría huyendo del abuelo Enrique cuando, muerto de risa, se tocaba la hebilla del cinturón; y como regresaba de inmediato, alentado por su llamada con un cacho de pan, para volver a huir ante el fatídico gesto. El abuelo repetía la operación lleno de infantil alborozo hasta que se le acababa el pan que él, viejo prematuro, enfermo inapetente, no se iba a comer. Mi abuelo tenía un especial sentido del humor; algo bruto, eso sí, pero cargado de bonhomía. Su hospitalidad llevada al extremo, sobre todo en tiempos de escasez, provocaba la airada retahíla de maldiciones y protestas de mi abuela Bernarda, mujer valerosa y sensata, a quién no dudo le hubiese gustado poder ser extremadamente hospitalaria. A mí con mi abuelo me pasaba como al Lobo: huía a veces aterrado de su peculiar humor, sin poder resistir la tentación de volver a por la dosis de adrenalina que me provocaban sus juegos. Al atardecer se escondía por el camino que recorríamos la tía Rosita y yo cuando volvíamos de buscar la leche de casa del tio Tafarra, y nos daba unos sustos de muerte. Por supuesto que el hecho de esperarlos no aliviaba el pánico, sombra tras sombra, no faltando tardes que volvíamos corriendo despavoridos tras aventar leche y lechera. El juego que más me gustaba a mí, no obstante, era el del burro. Teníamos un burro, alto como un caballo, que ya solo se utilizaba para enganchar al carro de tarde en tarde. La complicidad entre bruto y bruto, ahora lo entiendo, era total. Generalmente estaba suelto enfrente de casa apacentando la hierba del ribazo. Pero, cuando menos lo esperábamos mi primo Pascualín y yo, abuelo y burro, muertos de risa ambos (sí, el burro también reía), se ponían a encorrernos por todo el perímetro de la casa hasta que caíamos extenuados. Finalmente, un día, el asma de Pascualín nos jodió la diversión.    
                 El Lobo se me murió como del rayo. Un buen día lo encontré echado detrás del ribazo; parecía dormido. El tío Manuel me dijo que los perros cuando se sienten morir se retiran avergonzados, escondiendo su no ser. Yo por mi parte creo que nadie es verdaderamente tuyo hasta que no lo entierras. Al Lobo lo enterramos detrás de la casa en el secano regado, por una vez, con las lágrimas mal disimuladas de mis tíos y mi incontenible llantina. Yo no sé, Balú, como es posible querer tanto y volver a querer sin que se te gaste la máquina del cariño, esa que se nota entre el nudo de la garganta y la tetilla izquierda. No lo sé, pero el Lobo aún está presente; renuevo con periodicidad su recuerdo, guardándolo entre las mejores cosas de mi infancia. Al entierro de mi abuelo Enrique, mi querido e idealizado abuelo, no me dejaron ir, pero me lo contó mi hermano Josemary con los pelos y señales de sus precoces cinco años: “lo metieron en un agujero, como al Macario”.
           

El Chaval

              Había sido antecesor del Lobo, pero estaba atado y yo tenía prohibido acercarme a él. Era ya viejo cuando lo conocí y, las pocas veces que estaba suelto, mostraba su afabilidad con todo el mundo y no gruñía, feroz, como cuando estaba sujeto por la cadena. Así como el Lobo debía su nombre a su aspecto alobado en el imaginario de mis tíos, el Chaval, perro de esos pastores blancos con un flequillo tapándole los ojos que ahora recuerdo con cataratas a causa de la edad, habría ganado su nombre, deduzco, por la jovial diligencia mostrada cuando llegó a casa. De él todos dijeron cuando murió que era un buen perro; que cumplió. Como había cumplido el abuelo Enrique cuando, en los primeros años cuarenta, volvía de trabajar del campo de aviación, con la mitad de la comida en el morral para repartirla entre su numerosa y ávida prole que corría bulliciosa a su encuentro. Imagino que su entonces aparente inapetencia era por causa del hambre que pasaban sus hijos aquellos feroces años de pertinaz sequía. Acostumbrose hasta tal punto a no comer que los últimos años de su vida, la única que yo puedo recordar, apenas pasaba con sus continuos tientos al porrón y el caldo de presa que mi abuela le hacía en un puchero, al fuego lento de la lumbre durante toda la mañana. “La presa del padre” decían mis tías al referirse a esta comida que intentaba restaurar aquella precaria salud ganada a base de privaciones y sufrimientos. Apenas tocaba el caldo y alguna patata o verdura, siendo yo, las más de las veces, quien devoraba con delectación el jarrete de cordero o el muslo de gallina ante su complaciente mirada, su placer de verme comer. Ahora que lo pienso, no sé de donde sacaba las fuerzas para encorrerme con el burro o saltar de ribazo en ribazo escondiéndose al atardecer sembrando el pánico por nuestro camino a casa del tio Tafarra. Aún siento sus juramentos al oír hablar de Franco por la radio o lo veo en el corral, en medio de la tormenta, dirigiendo sus amenazas e insultos retadores a un poco probable Dios, aunque menguado y cobarde en su probabilidad, ya que nunca osó bajar de su también improbable Olimpo a enfrentarse con él, que gustoso le hubiera cortado el cuello con el cuchillo de degollar corderos: así de impío era mi abuelo. Cuando al final del día, a veces, le entraba la fatiga y tenía que acostarse, yo escuchaba silente, acurrucado tras la puerta, su agónico respirar hasta se le pasaba quedando dormido; entonces respiraba yo.


El Moro

             Recuerdo también al Moro (nombre que se solía dar a los perros negros) con su cabezota cuadrada y sus orejas cayéndole a los lados como los labios superiores, que tapaban la mandíbula inferior sobradamente, unidos en la trufa negra y brillante como todo él. El Moro sobrevivió a los anteriores y fue compañero del nuevo Lobo que llegó recién destetado de su madre, una perra loba grandota y feroz. Ya te he hablado, Balú, de Pascual, tu antecesor y que lo bauticé in memoriam de mi compañero de juegos y primo, Pascualín, que, aunque afortunadamente vivo y coleando hoy en día, estaba difuso entre los recuerdos de mi infancia y, gracias al bautizo, redivivo en mi memoria. No sé porqué, cuando lo vi por vez primera en Cariñena, recordé al Moro, el de labios superiores en cortina rematados por una blonda de baba transparente. Y recordé a mi primo Pascual y su asma frustradora de las feroces carreras asnales. Me gusta la forma caprichosa de almacenar en nuestra memoria recuerdos y seres queridos, y como ese aparente proceso aleatorio se muestra de pronto coherente, con sentido: una epifanía, vamos. Decir que nuestro dogo Pascual era bello es comprensible y fácil de explicar, Balú; como decirlo de ti, crisoelefantino amigo.  Pero, cómo expresar con palabras la cuadratura que supone esa revelación que llega a través del arco iris provocado por el rayo de luz incidente en los prismas cristalinos de las blondiformes babas de Pascual, el Moro en este caso. El abuelo, mi primo, el burro, el ribazo, la higuera, la morera, la abuela Bernarda, mi tía Rosita, el tio Tafarra, mi tío Antonio y mis queridos perros, junto con otros, serían elementos de un poema dadá que preludiase esta comedia a dos: “Tú y yo, Balú, recordando a mis animales domésticos”.  Continúo.

El Lobo alias el Galgo

             Resultó ser un fraude, ya que su aspecto lobuno lo fue perdiendo según crecía, convirtiéndose en un galgo alto como su padre y robusto, y valiente, como su madre. Seguimos llamándolo Lobo a pesar de ser todo un galgo de aspecto. Este Lobo, que sonreía al vernos llegar, bailando a nuestro alrededor y fustigándonos con su galga cola, es el perro con quien más he disfrutado siendo niño. Ahora sé que me cuidaba, vigilante, en mis correrías por Cantarranas las temporadas que pasaba con los abuelos durante las vacaciones de verano. Un buen día salí en su defensa, intifado con piedra gorda en la mano, ante el mal trato que le daba un vecino sólo por divertirse. Lleno de rabia, sin miedo a las consecuencias, reté al mal hombre a que hiciese lo mismo conmigo. Afortunadamente para mí, siguió riéndose de su gracia y fue a contárselo a mi tío Antonio, continuando con la broma, que le respondió completamente serio: “Es que al chico no le gusta que le peguen al perro y a mí, tampoco”. Me sentí realmente bien a pesar de que me esperaba una buena regañina por faltar al respeto a una persona mayor, y mejor todavía, más aliviado, cuando mi tío no me hizo ningún comentario al llegar a casa. Al Galgo ya lo conocieron todos mis hermanos, que son menores que yo en edad (que no en cordura), y tuvo una buena vida al lado de mi tío Antonio, gran amante de los animales y de su soltería que le llegó, como tántas cosas en la vida, sin apenas buscarla. El Antonio en mi adolescencia ejerció conmigo el papel de hermano mayor llevándome a lomos de su vespa por todos los bailes y fiestas de Garrapinillos, y sus alrededores. Aunque siempre le he estado agradecido, no sé si se lo he dicho alguna vez de viva voz. Lo que sí sé es que él lo sabe.
             Los perros, Balú, me habéis acompañado a lo largo de la vida, de tal forma, que apenas puedo recordar un momento que no haya estado vinculado emocionalmente con alguno de vosotros. No pasaba mucho tiempo entre la muerte de un compañero can y la entrada de otro en mi vida. Un perro ha sido siempre habitual en mi entorno.

Pedro

            Pedro fue mi primer perro prohijado. Huérfano nada más nacer, lo crié a biberón. Era de tipo alobado como Rabosa, su madre, la feroz guardiana. Le puse ese nombre en honor a mi tío Pedro que nunca entendió muy bien el cariño que le expresaba con tal bautizo. El tío Pedro me había llevado en mi tierna infancia, en su camión, a Barcelona donde vi por primera vez el mar. También me enseñó Madrid. No pasa un día de Reyes sin que lo recuerde emocionado, a él y a mi tía Marina, que nunca dejaron de traernos regalos año tras año ese día. A veces, yo que era el mayor de seis hermanos y por tanto cómplice de mis padres en una casa donde ni faltaba ni sobraba nada, el único regalo de Reyes que tenía era el de mis tíos, los Pedros, como los llamábamos en casa. Al igual que su padre, el abuelo Enrique, mi tío tenía y tiene su peculiar sentido del humor, y, afortunadamente, mi tía Marina no se parecía en nada al tio Tafarra, su padre, de cencerroso apodo. El caso es que cuando bauticé a Pedro yo estaba entrando en la adolescencia, edad difícil donde las haya, y amamantarlo, bautizarlo y prohijarlo me hacía feliz. Lo necesitaba. Por aquella época, mi padre, que tenía afán por cultivar su propio huerto (niño vencido y despojado por la carcunda), alquiló uno de poco menos de medio cahíz con una pequeña vivienda al lado donde pasar el verano y los fines de semana. Este afán hortelano nos lo hacía compartir a todos y cada uno de los hijos e hijas con un sinfín de elocuentes argumentos sobre la bondad de la hortaliza casera para la salud y economía domésticas. Fruto de ese entusiasmo de mi progenitor por afición tan honesta fue mi aversión hacia cualquier herramienta agrícola que careciese de enchufe o sistema de automoción. Así de desagradecido fui con los arcadianos placeres que mi padre me brindaba; pero eso es otro cantar.
              Pedro, como buen canis familiaris se había ganado enseguida el aprecio de todos. Nunca rehuía una buena pelea por lo que solía llegar de sus correrías bastante perjudicado y teníamos que curarlo. Como un eccehomo volvía de sus parrandas, Balú. Mi madre con mirada y gestos reprobadores pero indulgentes parecía decir, ¡hombres!; o, en voz alta y divertida, ¡guarán, más que guarán! A propósito, guarán era el apelativo cariñoso con que mi madre, no exenta de cierta censura, calificaba a mi hermano y a mi abuelo paterno al imaginarse las nocturnidades de ambos, juntos o por separado, por el Teatro Chino de Manolita Chen y sus lúbricos espectáculos. Eran unos verdaderos guaranes según ella. A mí, aunque no puedo imaginar a mi hermano cubriendo yeguas a diestro y siniestro, y a mi abuelo tampoco, siempre me hizo mucha gracia esa manera de clasificarlos, ese juicio de intenciones por parte de mi madre. Aún a sabiendas que la infalibilidad es exclusiva del Obispo de Roma, si pudiese haber una Obispa de Roma, una candidata perfecta sería la Mama por lo poco que suele errar en sus juicios psicológicos. Fue el “guarán” de mi abuelo Santiago quién la tuvo que ayudar el día que se encontró a Pedro muerto cuando iba a llevarle la comida; de hecho él lo enterró diciendo unas palabras de censura hacia su hijo por dejarla sola en aquel trance. Y no es que mi abuelo, hombre de campo (también vencido, despojado y encarcelado por la carcunda), fuese un sensiblero a esas alturas; es que se encontró a mi madre emulando al Juan Simón de la copla, con el pico, la pala y el cadáver del perro cargados en un carretillo de mano, camino del huerto, a enterrar su corazón. Por aquel entonces ya no vivía en casa de mi padre y recibí la noticia pasados los días. Ya te he dicho muchas veces, Balú, que solo los que tenemos o hemos tenido profundas amistades caninas podemos entender como se puede estar horas y horas relatando esas vivencias rellenas de ingenuidad. El anecdotario de Pedro es tan interminable e intenso como el relato de los años vividos a su lado, reinventados ahora por mi memoria selectiva adrede.   
            Después de salir de casa de mis padres, tuve una época de gatos que me dejaban vivir en la suya, ya sabes como son (muy suyos); tu también la has tenido y presumo que si por ti fuera ya viviríamos en el domicilio de un felino. Es curioso como algunos perros os empeñáis en contradecir aquello de “como el perro y el gato”. Y no es que piense que sea fácil la convivencia, como digo son muy suyos, pero no hay triunfo mayor para cualquier amante de los animales domésticos que el conseguir su amistad.

García       

            Una vez fuera de mi casa paterna fijé el domicilio en la calle Prudencio (Aurelio) según rezaba en el cartel cerámico de letras azules en la esquina de Alfonso I a cincuenta metros de la Plaza del Pilar. Al poco de vivir allí, un gato pardo grandote llamaba a la puerta y se pasaba noches enteras acompañando mis velas en el estudio mientras pintaba. Sabía donde tenía agua y comida, y cuando quería irse maullaba para que le abriese la puerta, igual que cuando había llegado; y se iba sin más; hasta otra. García tenía varias filiaciones según llamase a un piso u otro de la escalera. Las maestras del principal le llamaban Ulises; el vecino del cuarto, delgaducho y alcohólico prematuro, Miserias. Me consta que entraba en más casas, pero no puedo recordar todas sus identidades. Al principio pensé que solo llevaba una doble vida, ya que un día lo pillé saliendo de casa de las maestras y se hizo el longuis. Pero poco a poco me fui enterando por ellas y los demás vecinos que hacía con todos lo mismo. Entraba y salía de los pisos a su antojo y en cada uno de ellos se comportaba como si fuese el gato de ese hogar en particular y no tuviese que ver nada con los demás. Algunas veces, al coincidir con varios vecinos a la vez, se escabullía, molesto, evitando conversaciones comprometedoras cual bígamo que entra en un sitio y se da de narices con sus dos esposas, hablando amigablemente, que por supuesto no saben nada la una de la otra. Un buen día, el que tánto me ayudara a preparar mi exposición para la Galería Pepe Rebollo, desapareció, y recordé lo que me había dicho mi tío Manuel cuando la muerte del primer Lobo. Igual se sintió avergonzado de su no ser, él, que había sido un maravilloso sinvergüenza a lo largo de sus siete o más vidas. Alguno de los cuadros de dicha exposición, creo recordar, lleva incluido su nombre en el título.
             Por causa y con escusa de García habíamos tenido muchas conversaciones con las maestras, que así las llamaba nuestro compañero de piso. Creo recordar que eran solteras, al menos la más joven; una señora para mí entonces. Muy afables y poco amigas del chafardeo vecinal aunque la mayor mostrara curiosidad hacia mis actividades artísticas y no perdiese ocasión de dar a entender que era persona de inquietudes culturales y estaba à la page. A la hermana menor la festejaba un extraño personaje de edad indefinida, aunque parecía joven, que entraba y salía de la casa con un sigilo excesivo y culpable. El aspecto ojeroso y melancólico de ella (pelo claro, casi rubia) denotaba que su amor por aquel hombre no la hacía feliz.      

El Royo

            Los años que vivimos en Prudencio después de la desaparición de García tuvimos la suerte de contar con la compañía del Royo y dos de sus hijos, Silvestre y Clara; la cual, a pesar de su carácter huraño con los adultos, consentía a Helena que la tratase como a un peluche. Los hijos del Royo, si he de hacer caso de mis fidedignas fuentes de información, acabaron en las fauces de los parroquianos de cierto merendero en Garrapinillos. Después de esa paternidad, compartida con una gata a la que su dueño llamaba la Rara, lo castramos para que no dejase la muestra en la ropa de Helena que se había convertido por esta causa en una apestada en el Colegio Inglés. Tal era el olor que portaba la criatura. La lujuria, como te digo, le costo sus testículos y ya no maulló más al amor. Es curioso cómo proyectamos nuestra forma de pensar y sentir en nuestros compañeros los animales domésticos. La castración del Royo me daba repelús cual si algo de mi virilidad se fuese con los cojones de mi gato. Me duró muy poco al ver lo feliz que seguía siendo cuando oía el ruido de las tijeras que troceaban su ración de hígado o tripa de cordero y, sobre todo, ver intacto mi apetito sexual y mi capacidad para satisfacerlo. Y es que vuestra felicidad, Balú, reside bastante en el simple cubrir la necesidad fisiológica.  Sí, bastante, pero no solo en eso…ya sé…ya sé…
            El Royo acompañaba mis soledades nocturnas en esta época que por imperativo legal vivía soltero (sólo por las noches), pues Helena y Rosamary debían pernoctar con los padres de ésta según contrato de separación matrimonial de “mutuo acuerdo” que tenía con su expareja, en espera de la llegada del divorcio. Muchas mañanas nos encontraba Rosamary juntos en la cama cuando llegaba después de dejar a Helena en el autobús del colegio y alguna de ellas, si era fría o había tenido un encuentro desagradable, se quitaba frío u enfado encamándose un rato con nosotros que éramos de poco madrugar y mucha lujuria, la cual, presumo, debía de tener encabronado al respetable. ¡Con lo malo que es el cabreo para los infartos!
            Cuando nació Diana, todavía en Prudencio 25, lo dejábamos encerrado en la cocina para evitar que durmiese con ella en su cuna, lo cual, le producía cabreos apoteósicos que despertaban a Pili, la vecina del piso de arriba. Esta criatura, que parecía a veces peleada con el mundo, sobrellevaba como podía a su lindo marido y a sus conservadores suegros que la culpaban por el matrimonio de penalti fruto del cual eran sus preciosas niñas. Una, la más pequeña, roya y pecosa como su madre, y la otra, el fruto de sus precoces amores, guapa, gordota y morena como el padre: un verdadero niño de mamá. Los suegros, que tenían una pensión en el 23, no paraban de quejarse de la gran desgracia que el matrimonio había supuesto para este hijo, niña de sus ojos, truncando no sé qué brillante carrera, qué halagüeño futuro. El niño, como digo, una joya, no encontraba donde emplear su preclara inteligencia y se dejaba mantener por los papás. El caso es que Pili me imprecaba por la luna a causa de los maullidos del Royo desde su ventana en el piso de arriba justo enfrente de la de nuestra cocina, y yo, a mi manera, le hacía rabiar con mi infantil y puñetero sentido del humor que ella pasaba por alto noche tras noche. Como pasaba por alto noche tras noche las nocturnidades de su guapo compañero, baraja en mano, en el bar de abajo o en otro, gastándose el jornal que era incapaz de ganar. Siempre he sentido, Balú, admiración, respeto y ternura por esas mujeres valientes que sacan adelante sus vidas y las de los suyos, a pesar de todo y de todos; y es que, he estado rodeado desde mi más tierna infancia de magníficos ejemplares. Mis dos abuelas, por supuesto, que aguantaron la guerra y la posguerra a cargo de proles de ocho y nueve hijos; mi madre, que me inculcó el no creerme “nunca más que nadie pero menos, tampoco”; Rosamary, de la que ya conoces sus portentosas tenacidad e inteligencia emocional; mis cuatro generosas hermanas que tampoco son mancas; y muchas otras que son y han sido mis modelos a emular. Fíjate, Balú, son bastantes los hombres a los que quiero o aprecio y no se me ocurre ninguno que admire de la manera que admiro a muchas mujeres.
            El Royo sobrevivió a nuestras constantes mudanzas de aquella época[1] abandonándonos tras vivir varios años en Cantín y Gamboa, 5. Con el Royo vivimos un año terrible del que prefiero no acordarme en la Avenida de Cataluña, donde gracias al pluriempleo pudimos sacudirnos las deudas y reorganizar nuestras vidas, ya encauzadas cuando nos mudamos a Cantín y Gamboa el año siguiente.  

Álvar

            Álvar como García o Pedro no llevaba el artículo delante. Yo siempre los recuerdo como García y Álvar de la misma forma que tú, Balú, para mí no eres el Balú. Y no me digas porqué. O sí, no lo sé. A mediados de los ochenta el caballo hacía estragos por el Barrio de la Magdalena. Los yonquis iban como descosidos detrás del pico y caían como moscas. No es que sea un experto lexicógrafo de la jerga heroinómana, ni mucho menos. El sufrimiento que hay detrás de cada adicto y su entorno me parece sobrecogedor, y a estas alturas cualquier intento de describir en su complejidad, como algo más que testigo ocasional, la relación de la sociedad con las llamadas drogas ilegales me perecería frívolo. Mi relato de los hechos es para ilustrar la entrada en nuestras vidas de Álvar. Frente a Cantín y Gamboa 5 estaba el  Bar Thor, que primero fue centro de reunión de heavys (buenos chavales todo sea dicho de paso) y más adelante, con el cambio de dueños, empezó a ser rondado por gente con claros síntomas, muchas veces, de padecer síndrome de abstinencia. El barrio era constantemente visitado por la policía al haberse convertido en un sitio peligroso. Hubo muertes por la droga o por disparos de la gente que llevaba armas de fuego, o cuchilladas por los que llevaban armas blancas. Eran habituales los robos en tiendas y locales comerciales así como los asaltos a mano armada por gente, a menudo enloquecida y temblorosa, que necesitaba dinero con urgencia. A Rosamary le entraron dos veces navaja en mano en la tienda para vaciarle la ya de por sí vacía caja, siendo la última verdaderamente peligrosa ya que mi suegra intentó enfrentarse a uno de los asaltantes. Por fortuna solo fue cosa de dinero, pero el miedo estaba sembrado. Y ahí llegó Álvar. Un dogo de noventa kilos cuya presencia disuadiese de entrar en la tienda a los malos era lo que necesitábamos. Sea por el perro o por lo que fuere, Rosamary no volvió a ser atracada y ganamos un nuevo miembro en la familia.
            Llegó sin destetar. Lo subíamos por la noche casa, un quinto piso encima de la tienda. Diana, que tenía tres años y ya subía las escaleras andando, sentenciaba que, si lo acostumbrábamos a subir en brazos, cuando fuese mayor nos íbamos a enterar: “un mal criado es lo que va a ser”. Al Royo hubo que advertirle severamente que el perro no se tocaba y así lo hizo durante toda la infancia canina. No obstante, ya sabes, Balú, que los gatos no son buenos artistas de circo; entre otras cosas porque no les gusta trabajar en equipo y hacen lo que les viene en gana generalmente; y así, una vez que supo que seguía siendo el rey del corral, aprovechaba cualquier momento para molestarlo y maltratarlo. Había que ver lamentarse lastimeramente al perrazo cada vez que al Royo le apetecía hacerle putadicas de toda índole; como vimos en la vejez del gato, ya en sus últimos días, con qué delicadeza su amigo lo sacaba en su bocaza de la vieja palangana de agua donde se había metido obsesionado por beber y lo ponía encima de su toalla para lamerlo con amor. Como el perro y el gato, sí. Si yo fuese Samaniego o Esopo tendría que sacar alguna enseñanza moral de estas cosas que cuento de la misma forma que si fuese Saramago (qué más quisiera) pretendería que estas cursiladas, ebúrneo amigo, fuesen metáforas agudas que expresasen la realidad, explicasen el mundo, mi mundo; pero al dirigirlas a ti me veo exento de responsabilidad alguna: tu no intentarás mejorar ni cambiar nada sabiendo como sabes que esto es un mero juego de exhibicionismo onanista. Poesía palillera, vamos.
            Y el Royo murió. Un buen día lo llevamos a que lo matase el veterinario. Estuvimos con él hasta el final. Aquel verano habíamos ido de vacaciones por tierras de Castilla con Álvar y las chicas; él quedaba a cargo de Raquel, Joaquín y Violeta que le irían a procurar compañía y comida todas las tardes. Nosotros hacíamos lo propio con su gato, el Moro, cuando ellos se iban. Una desgracia familiar hizo que esto no fuese así, quedando el Royo bastantes de los quince días de nuestras vacaciones sin comer ni beber. No lo superó como te he dicho. Las vidas de mis animales domésticos, Balú, sus biografías, son como estantes de mi memoria donde he ido amontonando desorganizadamente imágenes, sonidos, olores, relatos para poder componer mi biografía intentando no olvidar. Aunque no te lo cuente al detalle, la muerte del Royo vino pareja con unos acontecimientos que me hicieron revivir la tragedia de mis lares. Ésa en la que estás inmerso al principio como personaje predestinado desde que naces y que después, salvo que tu capacidad de consciente espectador te lleve a sublimar las pasiones reflexionando sobre el enigma humano, estarás condenado a repetir toda tu eternidad. Pero estábamos hablando de Álvar sin artículo, que no sabía que era perro o pretendía olvidarlo. Bueno, es que Álvar era, además, el metaperro de Rosamary y como tú, era capaz de bilocarse. Vigilaba la tienda echado en su alfombra frente al mostrador al tiempo que conversaba con ella, discutiendo mil cosas, sentado en una silla en el despacho. Por raro que pueda parecer los dogos suelen sentarse en las sillas. Siempre he pensado que Álvar lo hacía por que se creía humano y que por eso mentía o era capaz de chivarse cuando alguien hacía algo inconveniente. A pesar de esas miserias tenía un gran corazón demostrado por su comportamiento con el Royo durante su enfermedad, como te he contado. Solo a poquísimos seres estando vivos les es concedida la facultad de bilocación. Digo en vida terrenal; ya sabemos de entes espirituales que pueden con gran donosura estar en dos sitios a la vez o incluso más, verbigracia, la Santísima Virgen María que está presente (son innumerables sus advocaciones) en muchos y a veces muy lejanos puntos del planeta al mismo tiempo e imagino que en otros planetas y mundos (si los hubiere), si hemos de dar crédito a la pía tradición. Pero esta facultad, que yo sepa, no la tiene por lo regular ningún ser del mundo de los vivos. Como digo, estoy convencido de que es un caso extraordinario. Pasaba igual que contigo. ¿Cuántas veces estando de viaje tú y yo, Balú, sentado a mi diestra en el asiento del copiloto, hablando animadamente de nuestras cosas, ha sonado el teléfono y al contestar (siempre con el manos libres, que conste), hemos oído la voz de Rosamary al otro lado y tu propio ladrido, al otro lado también, prueba inequívoca de tan singular fenómeno?  Muchas. Pues eso es lo que pasaba con Álvar, como digo. Como tú, era parco en palabras pero sabía escuchar. Cuando vinimos a vivir a Movera fue el gran amigo de Diana, quien tuvo que reconocer finalmente que no lo habíamos malcriado; al contrario: fue para ella como un hermano mayor. Los tenías que ver por el camino de la Torre Hornero, después de salir ella del colegio, dando un paseo juntos mientras merendaban. Nadie en sus cabales hubiese osado hacerle daño a Diana estando él, máxime con su experiencia de escolta en Cantín y Gamboa los años del caballo. En realidad hay que tener muy mala entraña o estar muy pasado para hacerle daño a un niño, pero de sobras sabemos que esto ocurre incluso estando con los propios padres; no obstante, estábamos convencidos de que con Álvar la chica estaba tan segura como con cualquiera de nosotros. Y eso es tener confianza en alguien. Yo (creo que por fortuna para mí) no soy especialmente paranoide con mi seguridad, no obstante, con la de los míos te reconozco que soy un poco puntilloso. Soporto con dificultad aunque con ira el maltrato al débil, persona o animal, cuando no puedo remediarlo con mis flacas fuerzas; pero si alguna vez he perdido los papeles hasta llegar a ser violento sin pensar en las consecuencias, ha sido por proteger a un ser querido: revivo mi actitud intifada de niño cuando vi que maltrataban al Galgo alias el Lobo. Imagino que esto le pasa a todo el mundo. De hecho, a ti sin tantos reparos te he visto atacar para defender tu espacio y a tu gente. Los humanos sin embargo tenemos leyes que pretenden regular el conflicto, evitando males mayores.  Pero la ley, como tántas veces he comentado contigo, no es la Justicia, y si ésta es “sólo la pálida imagen de la auténtica Justicia, esa que en esta caverna de las sombras chinescas no podemos sino vislumbrar y que, para poder concebirla en su débil vislumbre, necesitamos la dirección de los ungidos por la sabiduría en el Pentecostés de un Sinaí de las altas esferas”, estamos jodidos con el puto idealismo. Metido ya en este berenjenal, te diré que muchas veces no somos los humanos verdaderamente humanos, en el sentido de concebirnos como objeto de nuestra propia observación, de ser conscientes de nuestro devenir histórico: muchas veces somos grey. Sí, conducidos por los pastores y sus perros. De ahí que soportemos lo que soportamos con tal de pacentar y aún sin eso. Ya sé, Balú, que el lenguaje antropocéntrico, como el sexista, es injusto en sí, además de poco riguroso y que esta manera de denominar a determinada gentuza como perros te molesta, pues implica un prejuicio de valor ante la perridad y sobre eso habría mucho que decir. Perdón, es una manera de hablar; mi torpe manera.
            Pero estábamos hablando del fenómeno de la bilocación en ti y en Álvar (multilocación en el caso de la Virgen, los santos o el mismísimo Uno y Trino), y porqué, si esto lo vamos contando por ahí, muchos de los que me consideran persona sensata (de sentido común) dejarían de hacerlo inmediatamente sin tener en cuenta que no pocos de entre ellos se creen (o dicen creerse) a pies juntillas muchas cosas más descabelladas que ésta. El caso es, incrédulos a parte, que puedo afirmar y afirmo por la sorna bendita de los vecinos Monegros, que Álvar se bilocaba como tú. Vigilaba nuestra casa al tiempo que paseaba con Diana hasta la Torre Hornero, quedando nosotros tranquilos como padres, al tener nuestra hija pequeña a salvo de cualquier fenómeno paranormal que pudiese venirle; por ejemplo, ser abducida por una nave extraterrestre y manoseada por marcianos, que todo pude ser, y de hecho así había sido con personas muy allegadas cuyo relato de lo sucedido me creo a pies juntillas. Las víctimas, en cualquier caso, no recordaban lo del marciano aunque sí lo del asqueroso manoseo inconsentido. Ya sabemos como es eso de la abducción. El caso es que Álbar, Balú, nos protegía a la niña de cualquier sátiro selenita, marciano o terrícola familiaris disfrazado de todo lo anterior. Con once años tuvo un conato de torsión de estómago que por fortuna no llegó a ser gracias al lavado de estómago que le practicamos con la veterinaria de urgencias. Y digo practicamos, pues dado su enorme tamaño y fuerza, Diana, Rosamary y yo, tuvimos que sujetar perro y sonda hasta que se vació la totalidad del contenido estomacal ya que con nosotros permanecía relativamente tranquilo a pesar de la excitación que el dolor le causaba. Salió de aquel trance pero quedó definitivamente inválido de los cuartos traseros (ya hacía tiempo que, práticamente, lo tenía que subir al coche) y no tardamos en llevarlo al veterinario a que lo matara.

Luci

            Pero alrededor de quince meses antes, por el camino del Ebro que hoy pasa la vía verde bordeando la mejana de Movera, íbamos paseando de noche ya cerrada. Los dogos con diez años son verdaderos ancianos aunque tengan buena salud, por lo cual, cuando vimos lucir unos ojos tras una mata de cañas, decidimos subir al perro a la furgoneta para evitar un mal encuentro. Ya sabes, Balú, lo ridículamente hiperprotector que puedo llegar a ser; en fin, soy así. Ya nos íbamos cuando Rosamary me hizo dar la vuelta para ver lo que ella creía un cachorro. Vislumbramos de nuevo aquellas lucecillas tras las cañas y bajé del coche para comprobar si era o no un cachorro perdido, lo que resultó ser un dóberman, aparentemente joven y asustado. Lo llamé y, no sólo me dejó acercarme, sino que además consintió que lo cogiese en brazos y lo subiera a la furgoneta. Luci, que así la llamé, resultó ser una perra negra con el fuego característico de los de su raza y talla un poco más pequeña que la de otros ejemplares que yo recordara. Claro está que al lado de Álvar, con sus buenos noventa kilos y una alzada de noventa y dos centímetros largos hasta la cruz, me parecía todavía más pequeña. Por toda identificación llevaba al cuello una cuerda de las llamadas de máquina (de empacar) que habría cortado con sus dientes probablemente para escaparse. Cuando llegamos a casa se dejó lavar de arriba abajo con vinagre y comenzó a fijarse inmediatamente en todo lo que hacía Álvar para aprender las normas de su nuevo hogar. Por lo regular los perros en casa tienen tendencia a estar más pendientes de Rosamary que de cualquier otro miembro de la familia. Y es comprensible. Pues Luci, me abrumaba con muestras de amor y fidelidad siendo yo para ella lo que para Álvar era Rosamary. A ti, Balú, no te voy a poner en el brete de decir a quien prefieres, ya sé que son relaciones distintas, pero seguramente sabes a que me refiero. Su historia de perro abandonado, por otra parte bastante común, le hacía valorar a su nueva familia muchísimo más que a la anterior o anteriores. Nos dijo el veterinario que era bastante mayor de lo que pensábamos en un principio pues, aunque por el desarrollo de las mamas dedujimos que había parido ya, dada su esbeltez creímos que era más joven. Con el tiempo, entre lo que nos decía ella y nuestras propias averiguaciones, fuimos reconstruyendo su historia y apreciando (si cupiera, más) sus nobles sentimientos, su lealtad. Los lazos que somos capaces de crear los seres humanos entre nosotros y que yo hago extensivos a mis animales domésticos (dices que proyecto en exceso y probablemente sea verdad), son algo muy real que forma parte de lo mejor de nosotros mismos. Sobran explicaciones. El caso es que a Luci le habían levantado una calumnia, o al menos esa fue la escusa para ser abandonada sin más averiguaciones. Dijeron que mataba los gatos de la vecindad. La llevaron al soto, al lado de esa mejana del Ebro que tan bien conoces, abandonándola a su suerte, atada en un árbol con la susodicha cuerda de máquina que ahorcaba su cuello cuando la encontramos. Un día, cuando ya llevaba entre nosotros sus buenos dos meses, paseando disciplinada al lado de Álvar con sus flamantes collar y correa por el camino Torre Hornero, quiso su desventura proporcionarle un inquietante encuentro. De una furgoneta blanca bajaron dos niños pequeños, de no más de ocho años, acompañados de un hombre que resultó ser su padre. Los niños se acercaron a Luci con alegría, llamándola Mora. Ella, detrás de mí sin apartarse, se dejó acariciar mostrando un moderado plácet. El padre también la llamó con forzada afabilidad (eso se nota) y tuve que ser yo quien me acercase con Luci a él, que lo hizo disciplinada pero como por compromiso. Las explicaciones fueron cortas y un tanto incómodas por parte del chatarrero, que a eso se dedicaba este vecino con el que nunca había cambiado más allá de un lacónico gesto de hola o adiós. Se había visto obligado a sacarla de casa porque le mataba los gatos, las gallinas etc. y, aunque nos vio en varias ocasiones pasear con ella y con Álvar, no nos dijo que era suya porque comprendía que estaba mejor con nosotros; de hecho, si no hubiese sido porque iba con los chicos y se habían empeñao, no hubiese parao la furgoneta. De vuelta a casa, más pegada, si cave, a mi pierna, nos hizo el relato sin palabras de su abandono en la mejana del Ebro a su paso por Movera. Yo por mi parte no dejé de pensar en los niños (que hicieron parar la furgoneta a su padre para comprobar que era su Mora), en su irse a casa sin ella; y no dejé de recordar el dolor que a su edad sentía con la pérdida de un amigo can. Sí, Balú, ya sé que a los hijos del chatarrero no les faltaba de nada, ni de lo necesario ni de lo superfluo, pero un amigo es un amigo; ya sé que, probablemente, estarían rodeados de atención y cariño, pero eso no me impidió recordar el relato de Clarín “Adiós Cordera” cuando los niños se despiden de su vaca, vendida por necesidad y miseria irremediable; y sentí ese nudo en la garganta que me viene a veces cuando recuerdo las cosas tristes de mi niñez. La miseria y la pobreza son algo obsceno y nadie entre los humanos debería padecerlas, entre otras cosas porque tenemos derecho a la felicidad y nadie puede ser feliz sin lo mínimo necesario para su desarrollo físico, intelectual y, sobre todo, emocional. Visto lo que hay, yo no me quejo. Pero no dejo de sentirme cabreado y triste solo de pensar en la infancia infeliz y en la inconsciencia de las prioridades humanas, en su ceguera[2]. La infancia infeliz, responsabilidad nuestra, tal vez adormecida por el óbolo que aportamos periódicamente a una ONG para cubrir necesidades lejos y siempre insuficiente. Y ahora, también cerca, va ocurriendo lo que antes solo pasaba lejos. Niños malnutridos, con hambre, cuya única comida caliente al día era la del colegio, se ven privados de su beca de comedor y abocados a la solución de una caridad sustitutiva de la justicia. Como te decía, Luci estuvo con nosotros alrededor de año y medio, y creo que feliz. Álvar también lo estaba con una compañera que no le hacía maldades como el Royo. Pudimos comprobar que lo de matar mininos era una vil calumnia el primer día que, al salir de casa, nos cruzamos con los gatos del colegio que hay enfrente de la puerta de nuestro jardín. Al estar acostumbrados al trato con el perro no huyeron hasta no darse cuenta de que la perra venía con nosotros. Solo un “Luci, no” bastó para entendernos y evitar un ataque, cuya orden parecía esperar. En fin, no voy a decirte, Balú, que tenga en general mejor opinión de los animales que de los humanos, entre otras cosas porque vuestros códigos de relación con el entorno vienen de serie en vuestros genes y sois bastante predecibles; al contrario de algunos de nosotros, que nos gusta no solo reflexionar sobre las cosas de manera subjetiva, claro está, sino también ser objeto nosotros mismos de nuestra propia reflexión; y aunque no consigamos establecer relaciones medianamente coherentes con nuestro entorno, me consta que muchos estamos en el intento por convicción; sabiendo que no somos ángeles ni santos poseedores de verdad absoluta y por tanto, la necesaria utopía que alumbre nuestro camino de superación de los problemas debe estar en construcción constante, atendiendo al respeto de todos a todos, y todos, a la casa de todos que es nuestro planeta. Todos y todas, por supuesto, no podría ser de otra manera, Balú. Sí ya sé que vosotros los animales solo tenéis roles de género en la proyección que de la etología humana se hace en la animal: en la mala literatura, vamos. En cuanto a los humanos como máquinas deseantes reptiloides, faltos o escasos de empatía, son categoría distinta y, como vosotros, no tienen problemas morales propios, eso sí, están siempre ocupados en el cumplimiento de las normas por parte de los demás, ocupación que les reporta pingües beneficios. Luci se ganó un lugar en mi cielo de los animales domésticos; mi pobre forma de agradecer la felicidad que me reportó su compañía, la de Álvar, del Royo, de Pedro, del Lobo, del Moro, del Chaval, del Burro, de García… Donde no estarán ni mis seres queridos ni yo mismo después de mi muerte, ni  falta que hace. En todo caso, creencias aparte, la vida hay que vivirla aquí y ahora. Como dice el gabacho: Demain, on verra. Luci murió escasamente diez días antes que Álvar, era verano, agosto, y sus muertes fueron lloradas en la celebración del cumpleaños de Diana, donde se cantó las bondades y gracias de ambos perros, a dos carrillos, entre risas y lágrimas. Sí, puedes vomitar, cínico, más que cínico.

Pascual

            Y llegó Pascual a nuestras vidas. Después de Álvar nos quedamos con un vacío enorme que solo podíamos llenar con otro dogo. Era de Cariñena y su rimbombante nombre “Fox de l´Albada” lo sustituimos enseguida por Pascual, como mi primo hermano; aquel que corría conmigo delante del burro y de mi abuelo Enrique. En la perrera se mostró serio, casi huraño, y tal vez eso nos hizo decidirnos por él; todo negro con su pelo corto, brillante y suave. No le hizo demasiada gracia separarse de sus compañeros dogos y tardó casi una semana en mostrar interés por nosotros y dejar de castigarnos con su resignada indiferencia. Te he dicho muchas veces, Balú, que tú eras  El Príncipe por la ebúrnea blancura, pía en oro, de tu capa. Pues bien, de Pascual siempre dije que era El Rey. La nobleza, que en los humanos, cuando es estamental, siempre te he dicho que es causa de ese sueño de la razón del que Goya decía que engendraba monstruos; en vosotros, mis queridísimos amigos, es producto de mi sensibilidad estética para reconocerla y cantarla. Y subjetivamente os la otorgo con mi verbo benedicente, tú, Príncipe; tú, Rey; siendo como soy vuestro Creador. Con Pascual siempre fue fácil la conversación. Era parco en palabras pero su expresión corporal lo decía todo. “Pascual -le decía recordando a mi primo y confundiéndolo adrede con él- haremos una caseta y, esta vez, no se nos derrumbará al echar el tejado. ¿Verdad, Pascualín?”. Y él, en su infinita paciencia, asentía con su seriedad perruna. Cuánto he recordado a mi primo, recuperándolo de las catacumbas de mi memoria, con aquellas conversaciones. Mi primo Pascual, abuelo como yo a estas alturas, se ha ganado, por lo que yo sé, muy decorosamente la vida construyendo casas y sin robar. Ha utilizado sus manos para subir paredes y echar tejados que cobijen de las inclemencias a sus vecinos, cumpliendo como nuestro abuelo Enrique, como uno más, con su nobleza de sentimientos, con su bonhomía. A mi manera, al bautizar a mi dogo con su nombre tal y como hice con Pedro al bautizarlo con el de mí tío, homenajeaba a dos hombres buenos en el sentido machadiano de la palabra, rescatando las cosas buenas de mi infancia. El anecdotario de Pascual sería interminable a pesar de su corta vida, acortada según la opinión de Rosamary por una mala atención veterinaria. El veterinario de Pascual nos vino recomendado por su criadora, que incluía en el precio del cachorro una operación de los párpados necesaria, al parecer, en algunos perros. El doctor en cuestión era campechano, militar retirado y operaba con el cigarrillo en la boca no sé si por razones de asepsia o por cochina adicción. Desaconsejaba, por inútil, cualquier prevención contra la leishmania o la filaria y se mostraba partidario de dejar hacer a la naturaleza en todo momento. Todo habrá que decirlo, entre sus virtudes estaba la de cobrar poco, ya que (según se decía), al tener su soldada segura, lo de la veterinaria era por entretenerse haciendo competencia desleal a los de su gremio, que dicho sea de paso, aseguraba, solo  se dedicaban a sacarles las perras a los incautos y pusilánimes dueños de mascotas. El caso es que al contrario de Rosamary, a mí, este miles gloriosus (en sentido literal, no literario) no dejaba de caerme bien. En general tengo mala opinión de la soldadesca (oficiales o tropa) y muy en especial, de la soldadesca española siempre derrotada en los últimos siglos allende nuestras fronteras y solo victoriosa, dentro y contra el pueblo español. No obstante, emulando al cínico, no dejo de buscar al soldado honesto con la linterna, pero al contrario que él, ingenuo de mí, a veces creo encontrar uno o, simplemente, le doy el beneficio de la duda para no ser esclavo de mis prejuicios. Y así, el pobre Pascual tuvo una mala gestión de su salud, víctima, más que probable, de un mi superego latente, residual de aquel desarrollado en los años del nacional-catolicismo-franquista; residuo (creo que), fuente de muchas de mis contradicciones. Yo fui, por ejemplo, de los que finalmente se creyó lo del consenso de la Transición, lo de la monarquía como mal menor y que dio por bienvenida la Constitución a pesar de haberse abstenido en su referéndum. Todavía pienso que es mejor una ley, aunque mejorable, y la posibilidad, aunque remota, de hacerla cumplir, que esa ley de la selva, el  anarcocapitalismo, tan contradictorio y asesino como nacionalsocialismo. Pienso que defender los derechos humanos y de la tierra es primordial aunque, de verdad, ya no sé como. Ya ves, Balú; sabes de mis dudas y contradicciones porque te las he contado mil y una veces, como las noches. Esto empecé a hacerlo con Pascual, seguí más tarde con Lucas y, definitivamente contigo. La verdad es que Lucas no tiene tu paciencia y capacidad de concentración y por ahí, de paseo, se distrae con cualquier cosa; y terminamos galopando alocadamente mientras lo animo a voz en grito volviendo a los mitificados momentos felices de mi niñez que, si realmente no fueron como los recuerdo, expresan muy bien gran parte de lo que soy. Lucas llegó a nuestras vidas cuando Pascual empezaba a ser mayor. Diana y yo llevábamos alrededor de cinco años montando a caballo y estábamos en ese momento en que creíamos saber bastante sobre equitación. Al menos yo, que como me iba de paseo solo con cualquiera de los caballos del picadero, verdaderas almas cándidas, me creía capacitado para casi todo. Diana, afortunadamente para ella, en eso ha salido a Rosamary, es más reflexiva y valora con mejor criterio sus capacidades. El caso es que Lucas resultó ser un hueso duro y gracias a la ayuda de María pudimos aprender a entendernos con esa fuerza de la naturaleza. Hoy, tras casi once años de convivencia, me parece mentira el grado de compenetración alcanzado con nuestro caballo así como el afecto que muestra a toda la familia. Sí, ya sé que es un herbívoro, Balú, pero tú no eres carnívoro totalmente y tu instinto predador está más que adormecido; y convendrás conmigo que los vestigios de esos instintos atávicos, que en el medio natural (y digo natural con toda la prevención que me provoca el adjetivo) son mera supervivencia, a veces, en el ámbito doméstico, parecen ayudar a establecer lazos entre las diferentes especies de la casa como si se complementasen. Un ejemplo histórico de ello podría ser la mágnifica aventura de los Músicos de Bremen, cuando se unen en su diversidad ante el terrible destino que sus diferentes domini les habían preparado. El burro, el perro, el gato y el gallo aúnan sus voces denunciando la injusticia que les hacen sus amos humanos. Los músicos de Bremen que son fabulosos como tú, como Lucas, o como las tortugas del estanque de nuestro minúsculo jardín si en algún momento les diese la turruntela  y comenzasen a contestarme, me sirven para el asunto que traigo a colación. Una gran parte de los humanos que conozco o de los que tengo noticia, son empáticos con los seres que les rodean y no entiendo la aparente evanescencia de este sentimiento que, como los buenos propósitos, se diluye  frecuentemente en las vicisitudes de la cruda realidad, sorda a la música de los sin nada, de los desechables. Cuentan que Epicuro, Balú (recuerda que te he hablado alguna vez de él, sí, el de la filosofía del buen rollo), al final de su vida en su testamento, manumite a cuatro de sus esclavos. Yo no sé si Epicuro (hombre de su tiempo, al fin y al cabo), filosofó con sus amigos sobre la esclavitud en ese jardín donde cultivaban serenamente la amistad, sin temor a la muerte ni a los improbables dioses (pero con toda probabilidad, ajenos a las vicisitudes humanas). No sé si pretendió hacer extensiva su rebelión contra el miedo y la infelicidad a todos los seres humanos, aunque, como en tántos personajes glosados por la literatura, veo en él las trazas del humano como ser empático; con esa capacidad para intentar comprender, poniéndose en lugar del otro para reír con su risa y llorar con su llanto o florecer con su primavera. En la aventura humana, no exenta de otras cosas que contradicen estos sentimientos propios de la buena digestión (o al menos digestión), hay mucho olvido del desechable, del sin nombre, y mucha sordera ante su lamento, el cual, raras veces traspasa los tapiales del jardín; eso sí, ya convertido el Arte. “Los de Bremen de toda la vida”, en la hondura de su cante, al parecer, saben de esto. Hoy, a través de las concertinas (lamentablemente desconcertantes), nos llega la música que hace visibles a los que viven en el Sindiós; tierra o limbo que no aparece en el mapa, ni en los gepeses, ni en los censos (ese limbo también llamado Ilegalidad Suma), música que nos hace llegar, también, la sibilina amenaza de lo que seremos cuando nos desechen si no cumplimos con el amo; en nuestro jardín, ha entrado el miedo. Y la infelicidad. Por eso[3], ahora más que nunca, otra vez, Balú, “La poesía es un arma cargada de futuro”. Buscando en Internet para no hacerte de memoria la cita de Celaya, he visto la foto de Gabriel joven, y he visto otra del tío Pedro a esa edad: un verdadero sosias del poeta veinticinco años después. Ese joven, niño vencido y apaleado por el hambre, y sin esa arma cargada de futuro, sobrevivió secuestrado y subsumido en el infierno de una carcunda asesina que ya ni necesitaba amenazar. Ni aún con esas consiguieron restarle un ápice de esa bonhomía de los de su raza, la de los buenos seres humanos de cualquier color y condición, jornaleros o jornaleras, que a pesar de no poder romper las cadenas con el martillo que no pudo salir de sus corazones, no se dejaron arrebatar los buenos sentimientos. Que sí, Balú; ¡pero mira que eres listo!, apenas hace dos días que sabes leer y ya me enmiendas la plana con que el martillo, la cadena y los jornaleros son de Miguel Henández. ¡Por favor! …Anda, no te enfades. A quién le contaría yo estas cosas. Ya sabes que soy un poco quisquilloso, ¡guapo! ¡más que guapo! A quién le interesa, salvo a ti, saber de la bondad de unos seres insignificantes, casi sin nombre, que no mataron a nadie y que, no obstante, fueron asesinados o encarcelados, robados y vilipendiados, considerados indignos de ser recordados en su esencia; alienados en su vida y alienados en su muerte: innombrables.  
            Por eso, porque poner nombre a las cosas, a los hechos, a las personas, es un acto de creación de realidad, de esa realidad que se nos escamotea desde Babel cuando alguien celoso de su estatus quiso confundir nuestra lengua, nombro a los míos, a mis lares; no me desaparezcan. Porque nada existe verdaderamente si no es nombrado. No, Balú, no me quieras enredar ahora con lo del nominalismo, que no voy por ahí. Lo mío es pedestre y, cuando hablo de realidad, hablo de las muy diversas maneras de percibir nuestro entorno; y el lenguaje es una herramienta fundamental, aunque no la única, para elaborar ese conocer y poder compartirlo. Tan importante herramienta es, que quien tiene la capacidad de nombrar, de dar nombre a las cosas, o de cambiarlo, tiene el inmenso poder de la creación. Sí, el Arte está íntimamente relacionado con todo esto, blanquito. Los humanos expresaron sus deseos e inquietudes desde Altamira hasta aquí; buscaron soluciones a sus problemas e intentaron responderse sus preguntas de mil maneras en la fabulosa diversidad de sus lenguas. Y el Poder siempre lo supo. Y lo nombro porque existe y existe porque lo nombro. Que no se nos esconda, que aún da más miedo. Que no confunda nuestra lengua. Porque, escucha, Balú:
            Si antes decíamos mercado al sitio donde se venden los alimentos, las ropas, las diversas mercancías y manufacturas… ahora, por mor de quien bautiza, es un ente metafísico que regula el precio de las cosas convirtiendo en mercancía animales, personas, planetas, estrellas y cualquiera cosa que le apetezca, con la inmensa sabiduría que le aporta su absoluta libertad únicamente regida por la ley de la oferta y la demanda; tal ente metafísico regulador dicta las normas cual suprema providencia. El miedo ha entrado en nuestro epicúreo pensil sin apenas dejarnos hacer extensivo nuestro sueño de serena felicidad al resto de los seres porque, de nuevo, los dioses en su improbable existencia nos han colado su presencia sutil. Ayúdame, Balú; con tu aullido, el relincho de Lucas y mi desgañitante voz, quiero proferir, emulando a mi abuelo Enrique, el padre de todos los juramentos copulando con la madre de todas las blasfemias. Es mi reto para que bajen de su olímpico improbable, si se atreven. Que prometo extirparles los genitales, machos o hembras, con un clic de mi ratón.
            Y ahora viene, ebúrneo amigo, como, víctima de un miles gloriosus metido a veterinario y mi carencia de juicio para elegir sumido en ese síndrome de Estocolmo que a veces me provoca la soldadesca (queda dicho), falleció Pascual. Metimos su corpachón gigante en un saco negro como él, haciendo un nudo en la boca. Para nudo el de mi garganta, como cuando enterramos al Lobo en el secano. No tardaste ni un mes en llegar y es contigo, al menos eso dice Rosamary, con el perro que más he disfrutado y disfruto. Puede que tenga razón. Lo que sí es cierto, por la sorna bendita de los vecinos Monegros, es que con nadie puedo llevar conversaciones tan sensatas como contigo. Y no es coba.





[1] En realidad solo dos; pero para los sufridos serpas familiares que gentilmente nos ayudaban a bajar y subir los muebles y las pesadas e innumerables cajas de libros, eran constantes mudanzas.

[2] ¿Quién salvará este chiquillo/menor que un grano de avena?/¿De dónde saldrá el martillo/verdugo de esta cadena?/Que salga del corazón/de los hombres jornaleros,/que antes de ser hombres son/
y han sido niños yunteros.

[3][…]Porque vivimos a golpes, porque apenas si nos dejan
decir que somos quien somos,
nuestros cantares no pueden ser sin pecado un adorno.
Estamos tocando el fondo.[…]