sábado, 17 de agosto de 2013

La Pícara Medusita.



La Pícara Medusita.

            Balú, qué difícil es ser persona y no morir en el intento. En realidad es imposible, al menos que yo sepa. Sí, ya sé que acabo de perogrullear gilipollando pero, si lo miras bien, no he hecho otra cosa que discursear solemnizando la evidencia: todos vamos a morir, al menos, hasta hoy.
            Con ese "al menos hasta hoy", la duda de una esperanza está sembrada. Sólo eso falta para atraer la atención del respetable. Dudar por un instante de la inevitable mortalidad sembrando una posibilidad remota en el terreno abonado para el deseo de no morir. Por ahí germinaron dioses y palingenesias varias, o el culto a una diosa ciencia que prolongase nuestra vida sine díe, algún día.
            El esquema, que está más que repetido, sea en su versión espiritual para postmortem o antemorten, o en la científica, sirve, cual ungüento amarillo, como paliativo para cualquier desazón del mortal, al respecto. He aquí pues, el tinglado de la antigua farsa ([…] la que alivió en posadas aldeanas el cansancio de los trajinantes[…]), Balú, la que alivió el azaroso discurrir de los mortales en su búsqueda de la vida, eterna o simplemente vida.
            Uno de esos culebrones del verano informativo nos ha traído junto con Gibraltar Español (por enésima vez) una “inmortal medusa” descubierta por un científico japonés que busca en el animalito el elixir de la eterna juventud. Al menos eso he querido entender al escuchar la noticia, porque lo nuestro, lo de este mundo, para arreglarlo, necesitaríamos más de una vida, o en su defecto, una mucho más larga.
            Claro, que el problema no está en no morir tanto como en cómo vivir; aunque solo sea para continuar haciéndose las anteriores fabulaciones u otras por el estilo, sin desear estar muerto, o planteárselo a menudo. No obstante, por vivir, una parte importante de la población mundial paga el precio de no pensar. Primum vivere deinde philosophare. La Pícara Medusita, Balú, la que ha descubierto ese científico japonés, siempreviva en su paraíso terrenal y eternal, ignara de su perpetuidad, o eso presumo, sin hacerse preguntas que cabreen a Dios, vive así, confortablemente acomodada en su edén sin muerte, ajena a su propia felicidad y a la futilidad de los otros seres, los externalizados; los de morire habemus que, tras ser expulsados de la inmortalidad y el confort por desobedientes y curiosos, siguen empeñados en vivir a costa de lo que sea.
            Dejando a una parte, cielos, la ciencia (también la del bien y del mal), Francisco Papa ha decidido permitirnos el laicismo y no juzgarnos si somos promiscuos, gays o lesbianas; debe de esperar, en justa correspondencia, que no lo juzguemos a él y a sus pecaminosos acólitos por sus presuntos crímenes de lesa humanidad, sexuales o económicos. La monarquía, también la Vaticana, no está pasando por sus mejores momentos y es comprensible que, este redivivo Mínimo y Dulce Francisco de Asís, aunque nos quiera laicos y tenga que echar el resto, su discurso latente sea el habitual:
            ¡Más fe y resignación hace falta, que, al fin y al cabo, esto es un valle de lágrimas y hemos nacido para sufrir; los malvados son un instrumento de Dios, enviado por inescrutable sendero, para expiar nuestras culpas y alcanzar la vida eterna!
            He aquí, pues, Balú, el tinglado de la antigua farsa… alivio y aviso a caminantes, no sea que pierdan el sueño reparador donde se sueñen soñados por un supremo taumaturgo que los meza en la sinrazón de sus ronquidos. 
            Ahora que Francisco Papa, también nos quiere laicos, y esto sí que es un decir, que luego la Congregación para la Doctrina de la Fe está saturada de trabajo (y si no, que le pregunten a Benedicto Emérito y a los heréticos de la Teología de la Liberación), ahora pues, digo, podríamos reflexionar sobre los pros y los contras de vivir eternamente el sueño de los justos, tan ricamente, renovando nuestro contrato vital cual la Pícara Medusita, ad aeternum. De hecho, Balú, cuentan que hubo un lugar, El Paraíso, fuera del cual ya no fue posible otra cosa que morir.
            Claro, que el problema no está en no morir tanto como en cómo vivir. Vivir como persona, Balú, y morir en el intento de explicarse, consciente de si misma, de su pálpito, de su ser y estar. Persona, como los expulsados del paraíso por querer conocer la ciencia del bien y del mal, querer ser sus propios dioses y dueños de su propio destino: los parias de la tierra. Aquellos que denunciaron el contrato con Moloch, con Yahvé, con el Becerro de Oro conscientes de que lo único que no muere es aquello que no ha vivido. Conscientes de que lo único que son es aquello que pueden percibir y sentir con sus propios sentidos e inteligencia, por ellos mismos, libres con sus sueños y utopías.
            Ser persona y no morir está claro que es imposible, Balú, pero… Y eso de la Pícara Medusita, ¿qué te parece?
En Movera 18/08/2013

Manuel Marteles

domingo, 23 de junio de 2013

Error policial

           

         
             Es curioso, Balú, que alguien tenga que morir para cuestionarnos la bondad de las gentes y sus conductas. Uno de los males menores de una sociedad, dicen, son sus institutos armados (para mi lo de menores sobra, pero temo que mi postura no sea mayoritaria) y así, acepto, no podría ser de otra forma, la existencia de esos organismos para la defensa de la ley y el orden. La noticia objeto de mi comentario es la siguiente:
            Un perro de catorce años fue abatido a tiros por un policía municipal. El animal, al decir de los informes policiales, iba en estado de embriaguez, ladrando como un descosido a diestro y siniestro, aterrando a los viandantes, y siendo un más que evidente peligro para si mismo y para los demás. Su compañero, un humano de unos setenta años, que lo animaba en su deplorable conducta, habría sido, con toda seguridad, el provisor del agente espirituoso que provocase tal estado de enajenación en el can, dada su manera de balbucear al ser imprecado por la autoridad competente personada en el lugar de autos.
            Escuso decirte, Balú, que pongo en cuarentena cualquier valoración de los hechos en tanto no tenga una idea más clara de lo sucedido. Lo que me sobrecoge no son los hechos narrados en si, ni el grado de veracidad de la narración, pues todo lo que salta a los medios de incomunicación obedece a los inextricables entresijos, a los tortuosos caminos de la Providencia para hacernos llegar sus revelaciones, en suma, La Revelación. Me sobrecoge, sobre todo, la futilidad del ser.
            Esa mañana, al salir de casa, los dos compañeros de parranda, como tú y yo tántas veces, no podían imaginar que su singladura terminase trágicamente. Paseaban por los parques ora, orinando las plantas y esquinas, ora ladrando y vociferando alguna consigna inocentemente subversiva, en su ebria inconsciencia. A quién se le ocurre ir de escraches con la que está cayendo o simplemente aparentarlo. Pero algunos somos así, nos encanta la parranda bullanguera y descarada del orate que habla sin medir las consecuencias. Qué miedito.
            No tengo remedio, Balú, ya estoy fabulando, exorcizando, otra vez,  mis miedos: el terror que me dan las pistolas y los exorcistas profesionales con que nos amenaza Rouco; exorcistas, pistoleros, vecinos bienpensantes arboricidas que me miran de reojo mientras mutilan el ailanto casi tetralustro que alegra mi jardín y que no pienso sea un peligro para nadie.
            Exorcizo mi miedo a la falta comunicación y entendimiento entre las gentes. A no saber contar, aunque sea con metáforas, la gaya manera de vivir con nuestros seres queridos, nuestros animales domésticos, nuestras plantas.

Manuel Marteles