Error policial
Es
curioso, Balú, que alguien tenga que morir para cuestionarnos la bondad de las
gentes y sus conductas. Uno de los males menores de una sociedad, dicen, son
sus institutos armados (para mi lo de menores sobra, pero temo que mi postura
no sea mayoritaria) y así, acepto, no podría ser de otra forma, la existencia
de esos organismos para la defensa de la ley y el orden. La noticia objeto de
mi comentario es la siguiente:
Un
perro de catorce años fue abatido a tiros por un policía municipal. El animal,
al decir de los informes policiales, iba en estado de embriaguez, ladrando como
un descosido a diestro y siniestro, aterrando a los viandantes, y siendo un más
que evidente peligro para si mismo y para los demás. Su compañero, un humano de
unos setenta años, que lo animaba en su deplorable conducta, habría sido, con
toda seguridad, el provisor del agente espirituoso que provocase tal estado de
enajenación en el can, dada su manera de balbucear al ser imprecado por la
autoridad competente personada en el lugar de autos.
Escuso
decirte, Balú, que pongo en cuarentena cualquier valoración de los hechos en
tanto no tenga una idea más clara de lo sucedido. Lo que me sobrecoge no son
los hechos narrados en si, ni el grado de veracidad de la narración, pues todo
lo que salta a los medios de incomunicación obedece a los inextricables
entresijos, a los tortuosos caminos de la Providencia para hacernos llegar sus
revelaciones, en suma, La Revelación. Me sobrecoge, sobre todo, la futilidad
del ser.
Esa
mañana, al salir de casa, los dos compañeros de parranda, como tú y yo tántas
veces, no podían imaginar que su singladura terminase trágicamente. Paseaban
por los parques ora, orinando las plantas y esquinas, ora ladrando y vociferando
alguna consigna inocentemente subversiva, en su ebria inconsciencia. A quién se
le ocurre ir de escraches con la que está cayendo o simplemente aparentarlo.
Pero algunos somos así, nos encanta la parranda bullanguera y descarada del
orate que habla sin medir las consecuencias. Qué miedito.
No
tengo remedio, Balú, ya estoy fabulando, exorcizando, otra vez, mis miedos: el terror que me dan las pistolas
y los exorcistas profesionales con que nos amenaza Rouco; exorcistas,
pistoleros, vecinos bienpensantes arboricidas que me miran de reojo mientras
mutilan el ailanto casi tetralustro que alegra mi jardín y que no pienso sea un
peligro para nadie.
Exorcizo
mi miedo a la falta comunicación y entendimiento entre las gentes. A no saber
contar, aunque sea con metáforas, la gaya manera de vivir con nuestros seres
queridos, nuestros animales domésticos, nuestras plan
tas. 

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